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viernes, 4 de diciembre de 2015

La Mazmorra del Androide: Programa Ultrón


Programa Ultrón

El héroe a ratos, y multimillonario playboy a tiempo completo, Tony Stark, se encontraba en su despacho de la Torre Stark (ahora reconvertida en la base de Los Vengadores). Acababa de volver de unas apasionadas vacaciones en las Maldivas acompañado por su bella secretaría (ahora CEO de Industrias Stark). Pero la felicidad parecía haberse quedado en aquel pequeño paraíso. El rostro de Tony reflejaba una gran preocupación.

La puerta de su despacho se abrió de sopetón. Tony trató de salir de su ensimismamiento e hizo como si encontrase muy interesante el fondo de pantalla de su ordenador personal. Alguien dejó una pila de carpetas sobre su mesa.

—Aquí tienes los planos del prototipo de Verónica. Échale un vistazo en cuanto puedas.

Tony aún seguía sin creerse que aquel hombrecillo enfundado en una bata de científico y con cara de bonachón, pudiese convertirse en un gigantesca criatura esmeralda cuando la furia se apoderaba de él.

—Sí. De acuerdo —musitó con desgana el multimillonario sin apenas reparar en los documentos.

El doctor Bruce Banner se mantuvo en el sitio durante un tiempo, a la espera de que Tony dijese algo más, pero éste continuaba abstraído, con la mirada fija en la pantalla del ordenador y moviendo el ratón de vez en cuando para hacer desaparecer el salvapantallas. Se dispuso a volver a su pequeño laboratorio en la Torre, pero a medio camino se detuvo.

—Tony, ¿estás bien? —El hombre volvió a salir de su ensimismamiento y no pareció escucharle—. ¿Que qué te pasa?

—Ah, nada.

Bruce Banner se sentó delante del hombre de hierro y lo miró a los ojos.

—Dime la verdad, he pasado el suficiente tiempo contigo para saber que, desde que has vuelto de tus vacaciones, algo raro pasa contigo. No estás trasteando con tus armaduras, ni montando alguna de tus fiestas, ni haciendo ni un mísero chiste sobre mis camisas.

Tony no se lo pensó mucho para decidirse a contar a su amigo vengador todo lo que lo atormentaba. Aunque quería habérselo guardado para sí mismo, sentía que iba a explotar si no se lo contaba a alguien. Y Banner había sido el primero al que le había contado toda aquel infierno que había vivido gracias a Aldrich Killian.

—Bueno, te seré sincero, Bruce. Estoy muy preocupado.

—¿Por qué?

—Por todo. ¿Te has parado a pensar en todo lo que ha pasado en estos pocos meses? El intento de asesinato del presidente de los Estados Unidos, otra amenaza alienígena en Londres, el resurgimiento de HYDRA desde las entrañas de la mismísima SHIELD... Tantas amenazas, y sólo nosotros para hacerles frente. O, al menos, eso creemos...

—¿Qué insinúas? —quiso saber, Banner.

—No podemos estar siempre juntos. Y aunque seamos los más poderosos de la Tierra y nos reunamos para enfrentarnos a una amenaza de talla global, no podemos asegurar que venceremos.

—Por eso nos llamamos Vengadores, ¿no? Si no podemos proteger a la Tierra la vengaremos —citó, recordando lo que había dicho el Hombre de Hierro al resto del grupo en el aquel shawarma cuando les narró cómo se había encarado con Loki. 

—Ahora que lo pienso, no es mi mejor frase —comentó, forzando una sonrisa—. Pero no me gustaría que llegásemos e ese punto. Lo que yo quiero, es proteger a todo el mundo.

—¿Estás hablando de la Legión de Hierro?

Tony se sorprendió por la sagacidad de su compañero.

—Bueno, ellos son un apaño hasta que encuentre una solución más fiable. No dejan de ser simples marionetas que controlamos JARVIS y yo, pero que sólo limitamos a apartar a civiles de zonas de conflicto y algunas tareas de salvamento. 

Bruce suspiró antes de hablar.

—Mira, Tony. Entiendo que tengas tus dudas y temores, pero ya deberías saber que no podemos protegerlos a todos. No somos perfectos, pero sí que somos los únicos que podemos hacerlo. Mírame a mí, por ejemplo. Estoy tratando de domar a la bestia. Y si las clases de control de la ira y yoga que me pagas no surten efecto, pronto tendremos operativa a Verónica para frenar a Hulk si se desata. Somos los héroes de la tierra. No lo olvides.

Tony aguantó la sonrisa hasta que Bruce abandonó su despacho. La seriedad volvió a apoderarse de sus facciones. Decidió llevarse el trabajo a casa y aprovechar para revisar en los archivos de su padre. Howard Stark le había enseñado que nunca dejaría de sorprenderle a pesar de llevar tantos años bajo tierra.

Tras preguntar a JARVIS si los asuntos de Industrias Stark dejarían que Pepper se pasase esa noche por la mansión, y descubrir que tenía que asistir a una importante cena en Bruselas, se preparó un sándwich con batido energético y se dispuso a pasar la noche revisando las cajas de planos y proyectos de su padre a ritmo de AC/DC.

Pasadas un buen par de horas, tanteó la idea de ponerse una de sus armaduras y salir un rato a volar y despejar su mente, pero la carpeta que tenía entre sus manos lo disuadió.

Programa ULTRON

Ideado por el Dr. Henry Pym

Pym. Aquel apellido le traía recuerdos de su padre burlándose de ese hombre y sus proyectos. Entonces, ¿qué hacía esa carpeta allí?

No perdía nada por echarle un vistazo. Y nada más leer la primera página se dio cuenta de que ahí se hallaba la clave para su idea de un escudo perfecto para el mundo. Pym vio su idea limitada por su época (el documento databa de mediados de los años 60). Y aunque Tony aún no tenía todos los medios para llevarlo a cabo, sabía que iba a buen paso para lograrlo; JARVIS y La Legión de Hierro eran los claros ejemplos de ello.

Tony estaba deseando mostrar aquella carpeta a Bruce, pero de pronto, la armoniosa voz de JARVIS inundó la estancia:

—Señor, el capitán Rogers ha mandado un mensaje a los Vengadores. Tiene más información del paradero del barón Von Strucker. ¿Confirmo su participación?

—Claro, estoy deseando probar mi nueva armadura.

Tony pronto surcaba los cielos. Había dejado en una mesa la llave para lo que él creía que era la paz mundial, pero que resultaría ser todo lo contrario cuando Ultron comenzase con su era... 




Escrito por Rubén Giráldez


viernes, 12 de junio de 2015

La Mazmorra del Androide: Deadpool, la película: La Historia Jamás Contada


Deadpool, la película: La Historia Jamás Contada

En un cine cualquiera de Texas, año 2009...

Todo aquel que acudió ese día para ver X-Men Orígenes: Lobezno, no perdió de vista a aquel estrambótico personaje que pasaba por ahí como si tal cosa. Hizo rigurosamente la cola mientras no dejaba de hablar en voz alto consigo mismo sobre inimaginables historias con superhéroes, mutantes, alienígenas y dioses. Y nada más conseguir su entrada, se dirigió al bar a por un buen cubo de palomitas, nachos con queso y coca-cola extra grande.

Todos miraban atentos la llamativa vestimenta del extraño. Un traje rojo y en partes negro con una capucha que ocultaba su rostro. Además, iba armado con dos espadas japonesas a la espalda. Y en las caderas se dejaban ver las culatas de dos pistolas de considerable calibre que, aunque en un principio se podía pensar que eran de juguete, se pudo comprobar lo tremendamente detallista que eran cuando sacó una para amenazar al chico del bar cuando le intentó cobrar por el menú de cine. No se quejaron ni se alarmaron. Más de la mitad de los que estaban en aquel cine ocultaban una o dos armas de fuego en sus abrigos, chalecos y bolsos (Dios bendiga a América).

El extravagante espectador aguardó pacientemente a que se apagasen las luces y se encendiese el proyector, para remangar la capucha y poder empezar a picotear los nachos embadurnados en queso caliente; gracias a la oscuridad, las terribles cicatrices que invadían su rostro y cuerpo pasaban bastante inadvertidas.

Pero no pasaron ni cinco minutos y el hombre ya empezó a notarse enfurruñado, y al poco, bastante molesto. Devoraba sus aperitivos con cierta furia. Murmurando entre dientes. La gente a su alrededor ya empezaba a mosquearse.

Fue cuando el personaje de Ryan Reynolds apareció ante Hugh Jackman y compañía, transformado en una deforme abominación con la boca sellada y extendió de sus antebrazos las hojas de sus katanas, que el tipo saltó de su asiento con los brazos levantados y exclamando un sonoro "Venga ya". Unos cuantos espectadores a los que el hombre tapaba la pantalla se levantaron, quejándose.

—¡Vuelve a sentarte, memo!

—Hoy no estoy de humor, ¿quién ha sido el ingenioso que quiere que le abra un ano nuevo?

La amenaza no fue bien recibida, y otros tantos se levantaron insultando, abucheando y arrojando palomitas al hombre disfrazado; hubo quien sacó el seguro a sus revólveres.

—Que os den, si queréis aguantar un minuto más de esta bazofia es vuestro problema. —No esperó a que el acomodador llegase para apuntarlo con su acusadora linterna y pedirle que abandonase la sala. El hombre se fue entre abucheos e insultos. Pensó seriamente en exigirle a la taquillera a punta de pistola que le devolviese el dinero de la entrada, pero se acordó de lo que había dejado entre sus palomitas. Sacó algo de uno de los muchos bolsillos que tenía en su cinturón.

En la sala de cine, un hombre de constitución fuerte no se lo pensó dos veces, y nada más ver como aquel bicho raro se iba, abandonando el cubo de hiper saladas delicias, se hizo rápidamente con ella y empezó a engullir mientras contemplaba la batalla en la gran pantalla. Pero en uno de los puñados, tragó algo bastante grande y duro para ser una palomita o un grano de maíz. Aunque no le dio ninguna importancia. Cuando se trataba de comida, no hacía muchas preguntas. Su estómago ya digeriría aquello que había tragado... o eso creía.

Ya a una distancia prudencial, el hombre apretó el botón del detonador. La poderosa explosión hizo volar por los aires el cine. 

Masacre no perdió el tiempo y se preparó para hacerle una visita a aquel que lo había abochornado tanto.

Canadá, poco después... 

Ya era noche cerrada cuando el actor Ryan Reynolds volvía a su casa para, nada más encender las luces, encontrarse con un inesperado visitante sentado en el sillón. No pudo reprimir el pequeño respingo al ver a aquel tipo disfrazado que le estaba ecañonando con una pistola.

—Me has hecho esperar demasiado, cariño. Cierra la puerta, hace demasiado frío; ahora entiendo porqué casi no piso Canadá... 

Ryan obedeció mientras bufaba de resignación.

—Ya me estáis cansando con vuestras tonterías. Ya sois demasiados tarados, los que habéis conseguido colarse en mi casa y amenazarme por esa maldita película. Eso sí, eres el primero que se curra el disfraz.

—Me alegra saber que hay gente aquí que sí me respeta... Pero has de saber que no soy uno de ellos. ¡Soy el único y original (e incorregible) Masacre!

—Uauh, te has coronado como el rey de los locos. amigo. 

—Ya verás... —se levantó del sillón, poniendo en guardia a Ryan—. Atento.

El intruso dirigió su arma a su sien y sin pensarselo dos veces se pegó un tiro. El actor emitió un afeminado chillido mientras contemplaba como aquel suicida se desplomaba, tiñendo de rojo la alfombra egipcia de su salón.

Dio unos pasos hacía atrás hasta que su espalda dio contra la pared, y se dejó caer lentamente asombrado sin quitar ojo al cuerpo que tenía frente a él.

¡Aquel loco se había pegado un tiro en su salón! No podía creérselo. Estaba muerto. Ya se podía imaginar todos los medios haciendo eco de aquello. Eso sí que sería mala prensa. No podía arriesgarse a perder papeles. Tenía que hacer algo... deshacerse del cuerpo... ¿Pero cómo? No se atrevía ni a acercarse. 

Mientras el actor se llevaba las manos a la cabeza. Masacre se levantó con un sonoro "Tadáaaa" que casi consigue provocar un infarto a Ryan.

—¿Ahora me crees? 

El actor balbuceó durante un buen rato. Llegó a pensar que estaba loco. Y aún no lo descartó. Porque ver como un hombre se volaba la tapa de los sesos, se levantaba y se ponía a recogerlos no debía ser precisamente bueno para su salud. El enmascarado volvió junto a él cuando vio que se calmó un poco.

—¿Cómo es posible? ¡Eres un personaje de cómic!

—En este universo sí. Mira, no voy a ponerme a darte la lección de los Multiversos. Tienes que saber que hay muchíiiiiiisimos universos. Hasta tú en uno eres un personaje de cómic homosexual. —Al decir esto último introdujo la mano por dentro del pantalón y desenrolló un ejemplar de cómic en el que claramente se veía al actor dibujado en una posición bastante indecorosa junto a otro hombre.

—¿¡Qué @#% $!? 

—Ey, a mí no me mires, yo no tengo nada que ver. —Tapó con los dedos el lugar de la portada que decía que el mercenario era el autor de la publicación—. Pero a lo que vamos. Un día conocí a un viejo inventor bastante divertido y a su nieto algo retrasado y me dieron esto —mostró una especie de pistola blanca con un recipiente verde fosforescente—. Abre portales interdimensionales... Llegué a este universo y me enteré de que iba a salir en una película. Y... bueno, creo que la explosión reflejó muy bien mi frustración.

—Espera, ¿¡el de la explosión en ese cine fuiste tú!? ¿Sabes cuánta gente mataste?

—Ryan, ¡no nos vayamos por las ramas! Lo importante aquí es que has ensuciado mi imagen a base de bien. ¿Así que hacéis al enano peludo de Lobezno un sex symbol y a mí me dejas como un idiota al que, aún por encima, cosen la boca y saca katanas de sus antebrazos? La víctima aquí soy yo. Y voy a hacer que lo pagues. —Volvió a sacar la pistola, apuntándole en la frente.

—¡Espera! ¡No fue mi culpa! Yo solo me limité a actuar acorde el guión, lo juro. —Ryan se puso de rodillas ante el mercenario y empezó a llorar desconsoladamente—. No me mates, por favor. ¡No hace nada que empecé a salir con Scarlett Johansson!

—Vale, te creo —dijo al cabo de un rato de lloriqueos, apartado la pistola—. Pero aún así vas a tener que limpiar mi imagen.

—¿Cómo? —preguntó el actor mientras se limpiaba los mocos con el dorso de su brazo.

—Está claro. ¡Con otra película!

—Pero no está en mi mano que pase eso. Además, Masacre no es un personaje que haya calado muy hondo en los espectadores.

—Vuestro Masacre tal vez. Pero yo te enseñaré al verdadero. —Fue tras el sillón y recogió una bolsa en la que escarbó hasta sacar una camiseta que ponía "Ayudante Masacre" y un antifaz—. Póntelos.

—¿Ayudante?

—Exacto. Serás mi Bucky durante un día. —El mercenario bocazas apretó el botón de la pistola interdimensional, que abrió un vortice esmeralda en medio del salón del actor.

Ryan se pellizcó a sí mismo unas cuantas veces para asegurarse de que aquello estaba pasando. Ya vestido con la ridícula indumentaria se puso junto a Masacre, mirando receloso aquella puerta abierta a lo desconocido. Y como no se movió ni un milímetro, el socarrón antihéroe no perdió tiempo y lo empujó al vórtice.

—Gerónimo —exclamó al saltar, desapareciendo del domicilio del actor. Y de aquel universo.

24 horas después... 

El remolino verde volvió a aparecer en el salón, escupiendo a unos eufóricos Masacre y Ryan Reynolds, quienes al grito de Chimichanga, daban buena cuenta de aquel preciado alimento.

—¡No me lo puedo creer! Hemos robado a la mafia rusa, enseñado el dedo a Spiderman, robado un quinjet a Tony Stark, estrellarlo en el castillo del Doctor Muerte. Y nos hemos tomado un baño en el jacuzzi de la mismísima Muerte.

—Y eso porque no me han encargado una misión o no me han líado los de la Mansión-X. Pero, ¿has pillado el Deadpool style?

—Eso creo —contestó Ryan, quien aún trataba de echar el freno a su desbocado corazón.

—Pues más te vale conseguir una gran película del menda. No quieras volver a cabrearme.

Y tal como vino, se fue.

Ryan logró arrastrase hasta su cama, exhausto pero aún con la sonrisa marcada en su rostro. No defraudaría a su incorregible nuevo amigo.




Escrito por Rubén Giráldez


sábado, 7 de febrero de 2015

La Mazmorra del Androide: Retiro Berserker


Retiro Berserker

Todo el mundo necesita un descanso de vez en cuando. Ese glorioso y agradecido período de tiempo en el que dejamos todo atrás. Las preocupaciones, los deberes y todo aquello que nos llega a asfixiar y derrotar. Es entonces cuando podemos al fin relajarnos y descansar nuestro cuerpo y mente. Sólo así logramos soportar esta agonía en la que se convierte en ocasiones la vida.
Todo el mundo necesita un descanso de vez en cuando. Hasta los héroes, los vigilantes enmascarados, los poderosos vengadores, los pérfidos villanos... incluso Lobezno llega a estar harto de sacar a relucir sus afiladas garras ante todas las amenazas que se le presentan. Hay momentos en los que está cansado de Magneto y su Hermandad de Mutantes Diabólicos. De todos aquellas personas que detestan y odian a los mutantes y también de las que los adoran. De todo el rollo de la Patrulla-X y Slim. De las guerras. De tantos años viviendo sólo para luchar. De enfrentarse a su pasado. De Arma-X. De detener maquiavélicos planes de dominación/destrucción mundial y amenazas venidas del interior o exterior de la Tierra, o a veces incluso de un pasado o futuro.
Cuando siente que está harto solo tiene que pensarlo. Introduce unas cuantas piezas de ropa en una bolsa de viaje y sale por la puerta de la mansión. El Profesor sabe que el lobezno ha abandonado su madriguera. Pero está tranquilo. Sabe que volverá. Siempre lo hace.
Logan ya sabe a donde acudir. A aquel reducto de paz que se construyó hace años en lo profundo de los bosques canadienses. En ese lugar alejado del ruido y de la gente, y en medio de la naturaleza, el mutante edificó una pequeña cabaña donde poder tomarse esos apreciados retiros.
Llevaba en la cabaña unos tres días. Aquella mañana había conducido hasta el pueblo para acudir a la tienda de comestibles a aprovisionarse para el fin de semana. No perdió la oportunidad de tomarse unos chupitos de whisky en el bar más cutre de la localidad, donde una joven y exhuberante camarera no dejaba de insinuársele mostrándole su sugerente escote mientras le rellenaba el vaso. "Hoy no", pensó Logan sonriente mientras notaba el licor recorriendo su garganta. "Pero mañana le preguntaré a qué hora sale y si quiere apuntarse a una fiestecita privada en mi humilde morada". No dejó de pensar en ello en el viaje de vuelta. Ni cuando llegó a su refugio y se dispuso a abrir la puerta.
Fue entonces cuando lo olió.
Un intruso. Alguien se había colado en su cabaña.
Dejó en el suelo la bolsa de la compra en la que descansaban las latas cerveza y los paquetes de pan de molde y embutido variado, y preparó el puño izquierdo a la vez que giraba el pomo con la mano derecha.
"Espero que estés preparado para el triple examen de próstata que te va realizar el doctor Logan", pensó mientras avanzaba lentamente pegando su espalda contra la pared. Desde la cocina le llegaba el sonido de alguien trasteando mientras tatareaba una irritante versión de la intro de las Tortugas Ninja. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Sin darle tiempo a respirar, el mutante irrumpió en el lugar agarrando del hombro al intruso y estampándolo contra la puerta de la nevera a la vez que sacaba sus garras y las dirigía a su gaznate. Este dejó caer al suelo sorprendido lo que tenía entre las manos.
—¡MI SÁNDWICH! —clamó en el tono perfecto para el más trágico de los dramas.
El traje rojo y negro con capucha, las empuñaduras de katanas asomando por sus hombros, esa horrible y socarrona voz... No había duda de que se trataba de...
—Masacre. ¿¡Qué @#% $ haces aquí!?
—¿Qué pasa? ¿Es que uno no puede pasar por la zona y hacerle una visita a su colega de Arma-X? —preguntó mientras se zafaba de Logan—. Por cierto, se ha terminado el pan de molde y la mortadela.
Lobezno bufó con fastidio. El Mercenario Bocazas sacaba de quicio a cualquiera. Y Logan no iba a ser una excepción. Además, que él estuviese ahí no auguraba nada bueno...
Masacre había salido al porche mientras el hombre de adamantium divagaba, volvió con la bolsa de la compra que dejó en la mesa de la cocina. Comenzó a sacar los comestibles, dispuesto a prepararse otro sandwich.
—¿Qué tal por la mansión? ¿Kitty sigue igual de adorable? ¿Y Henry, ya no regurgita tantas bolas de pelo azul? ¿Sabes si Xavier recibió la cera para calvas que le envié por su cumpleaños?
—Todos están perfectamente (sin tí), Wade —resumió Logan, encarándose a Masacre—. ¿Qué haces aquí?
—Se me hace raro no verte con ese traje tan chillón, ¿sabes? —comentó mientras masticaba un pedazo de sándwich.
—¡Wilson! —Las cuchillas pugnaban por salir de sus carnales refugios para hacer picadillo a aquel imbécil. Pero sabía que aquello no serviría de nada... "Dichoso factor curativo acelerado".
—Está bien, está bien... Estoy aquí por la final de curling.
Estaba a punto de echarse encima de Masacre cuando descubrió algo nuevo en la mesa. Era algo cilíndrico y alargado, envuelto en una tela marrón. Lo desenvolvió y se encontró con una extraña barra de acero con unos grabados de aspecto muy antiguo. La mayoría representaban fieros animales y los otros vagas figuras humanas en pose marcial.
—¡Ni se te ocurra tocarlo! —Masacre apartó la mano de Lobezno justo cuando estaba a punto de rozar el objeto con la punta de sus dedos.
—¿Por qué?
—Tú hazme caso, Logan —volvió a enrollarlo en la tela con cuidado de no entrar en contacto con él.
—¿Tiene que ver con tu trabajo de mercenario?
—Más bien de cazatesoros.
El mutante levantó una ceja, intrigado, y abrió una lata de Labatt.
—¿Me das una? —preguntó Wade nada más terminarse el sándwich.
—Sólo si me cuentas lo que es eso —acordó, sagaz. El mercenario no se lo pensó dos veces y aceptó la oferta. Tras dar un largo trago a la cerveza se dispuso a hablar.
—Esto, amigo mío, es una vara berserker —reveló con toda la teatralidad posible.
—Suena a vikingo.
—Casi, casi... ¿sabes qué es Asgard?
—Pues claro, si conozco a uno que es de ahí que dice ser el dios del trueno.
—Oh, ¡vamos! ¿Quién no conoce a Thor? —ignorando la mirada asesina que le lanzó Lobezno, Wade prosiguió su explicación—. "Entre el ejército asgardiano destacaba un grupo de guerreros cuyo sola mención hacía temblar a los enemigos: los berserkers. En el combate eran como animales rabiosos. Nadie podía detenerlos hasta que el último de sus rivales caía vencido. Uno solo de ellos podía defender Asgard de una horda rival. ¿Y cómo podían realizar tales proezas? Para ello se valían de unas armas mágicas que el mismo Odín mandó forjar, de igual modo que hizo con el Mjölnir de su primogénito, una serie de objetos mágicos de inmenso poder ofensivo: las varas berserker. Al empuñarlas, las varas se alimentaban del odio y la ira que los guerreros guardan en su interior, convirtiéndolo en la fuente de su poder. Proporcionándoles la fuerza de un titán y muchos más increíbles poderes, a la vez que los sumía en un estado de furia incontrolada. Pero uno de esos guerreros, tras dar por finalizada una batalla con los gigantes de hielo de Jötunheim y salir del frenesí de la lucha, contempló horrorizado todo el daño y las muertes que había causado y, sintiéndose tremendamente culpable, decidió exiliarse a Midgard (nuestro mundo) donde se dice que terminó sus días custodiando el arma de los dioses".
—Bonita historia, ¿quién te la ha contado?
—El cliente que quiere tenerla en sus manos.
—Con que vas a entregar un arma asgardiana, ¿eh?
—No, no, no. No es lo que piensas, Logan. Mi cliente sólo la quiere para su colección particular —se apresuró en aclarar Wade, que ya estaba temiendo que al mutante se le disparase su interruptor del deber.
—¿Qué @#% $ es ese ruido?
—Oh, oh... —murmuró funestamente el mercenario, quien ya suponía a que se debía aquel alboroto que se oía fuera.
Lobezno se acercó a la ventana para descubrir que, a escasos metros de su cabaña, había aterrizado un quinjet. El símbolo que lucía en el morro del vehículo y los uniformes de los pasajeros que desembarcaron de su interior identificaron a los nuevos intrusos como agentes de HYDRA.
—¿No te parece ridículo la H que forman las bandoleras de sus trajes? —comentó Masacre situándose junto a Lobezno.
—¿Qué @#% $ hace aquí HYDRA? —exigió saber el canadiense a su conocido bocazas.
—Olvidé mencionar que me encontré con ellos al descubrir el lugar donde estaba la vara (que también estaban buscando) y que estaban persiguiéndome (es que me la tienen jurada)...
—¡Masacre, sabemos que estás ahí! Sal inmediatamente y entréganos la vara o me veré obligado a tomar medidas drásticas contigo y cualquiera que te esté protegiendo. Tienes tres segundos —amenazó, amplificando su potente voz gracias a un megáfono, el siniestro capitán Aigner—. Uno...
Lobezno lanzó una mirada alarmante a Masacre.
—Tranqui, ¿qué van a hacer? ¿Son solo unos estúpidos agentes de HYDRA?
—Dos...
Un nuevo agente de la temida organización terrorista descendió del quinjet, portando una aparatosa minigun.
—¿Para qué abriré la boca?
—Eso mismo me pregunto yo —pinchó Lobezno.
—Y tres... —como Aigner. Al ser el único del grupo que no llevaba la capucha reglamentaria, pudieron contemplar la amplia sonrisa que esbozó al dar la señal al bruto de la ametralladora multicañón.
Los mutantes canadienses besaron el suelo a tiempo de librarse de la lluvía de balas que la minigun escupió violentamente. Los proyectiles atravesaban las tablas de madera sin ninguna dificultad, llenando el lugar de astillas y destrozándolo todo; el arma aún tardó un buen rato en descargarse.
—Conociéndote, Masacre, seguro que ni te has inmutado. Tendré que buscar soluciones más "explosivas". Ya verás cómo saldrás con esto.
—Uy, ¡qué mal me suena eso! —El mercenario bocazas no perdió el tiempo y fue directo a recoger la vara—. ¡Levántate, Logan!
El mutante no necesitaba que aquel indeseable le dijese eso. De una patada arrancó lo que quedaba de la destrozada puerta. El quinjet de HYDRA había disparado uno de sus misiles, que pasó entre los dos canadienses que ya estaban fuera de la cabaña, y se adentró en su interior.
Primero fue la onda expansiva, que actuó como un empujón de Juggernaut, después vino la explosión, y pudieron sentir en sus espaldas las llamaradas y la metralla disparadas a gran velocidad.
Lobezno y Masacre cayeron a varios metros, y al momento estuvieron rodeados por los agentes de HYDRA, que dirigieron los cañones de sus armas a aquellos humeantes cuerpos.
La vara escapó de las manos de Wade durante la explosión. Aigner se hizo con ella nada más caer al suelo.
—Tengo curiosidad, ¿quién es el otro? —quiso saber Aigner.
Los agentes se fijaron en que la piel chamuscada del ayudante del mercenario bocazas, que estaba regenerándose. Y si Masacre estaba a unos metros, sólo podía ser otra persona. Pero éste no les dio la oportunidad de decir su nombre. Dejó que sus cuchillas hablasen por él. En un santiamén, todos los agentes que rodeaban a Lobezno cayeron mostrando unos feos y sangrantes cortes.
—No os olvidéis de mí chicos —advirtió Masacre al ver que los agentes que estaban apuntándole habían decidido encarar al mutante de las garras de adamantium. Pagaron caro la ofensa; sus cabezas rodaron en cuanto el mercenario desenvainó sus espadas orientales.
Sin embargo, Aigner no parecía para nada preocupado de haber perdido a la mayoría de sus hombres en menos de un minuto.
—Bueno, si tengo que enfrentarme a unos monstruos, será mejor que lo haga como uno de ellos —mientras decía esto, se deshizo del trapo que envolvía la vara berserker.
—Señor, no lo haga. El barón se lo advirtió —dijo el bruto de la gatling. Pero ni las advertencias de su aliado ni las de Masacre lograron disuadirlo. Decidido, Aigner se ayudó de sus dientes para arrancarse un guante. Agarró con su mano desnuda el arma asgardiana y los grabados de la vara comenzaron a brillar. El capitán profirió un grito que fue volviéndose cada vez más y más bestial. Sus músculos comenzaron a hincharse de forma exponencial, y su traje no tardó en empezar a rasgarse. De repente, el nazi medía tres metros y clavaba su mirada furiosa en los dos mutantes.
—Vaya, los berserkers sí que dan miedo —comentó Masacre al terminar la transformación.
Como si alguien hubiese apretado el interruptor de encendido, el neo—berserker cargó contra los canadienses, que lograron apartarse a tiempo de la brutal embestida.
Lobezno no podía creerse como aquel día, que iba a dedicar a relajarse, se había convertido en una desesperada lucha contra un terrorista dotado de una fuerza de otro mundo (por cosas como esa, el mutante necesitaba sus retiros).
Masacre desenfundó su pistola y cosió a tiros al berserker a grito de "Yipi Ka Yei". Por su parte, Lobezno realizó una sangrante X en aquella enorme espalda. Pero Aigner ni pestañeó. Las balas rebotaron en su piel y los cortes se cerraron al instante.
—Estúpida magia —mascullaron los dos canadienses antes de que dos gigantescos puños se estampasen en sus rostros. Trataron de contraatacar, pero las heridas de su enemigo curaban nada más producirlas, y los golpes que dirigía contra sus cuerpos cada vez eran más contundentes.
—Sí, siento el poder. Con esta fuerza lograré llegar a la cima. Da igual que al cortar una cabeza, dos las sustituyan. Podré aplastarlas sin ningún esfuerzo. —Aigner fantaseaba mientras regalaba a sus enemigos unos cuantos devastadores golpes más que quebraron unos cuantos huesos y reventaron un par de órganos internos—. Aplastaré todos los obstáculos que se pongan en mi camino. Empezando por ti, Masacre.
Éste intentó decir algo ingenioso, pero sus palabras quedaron ahogadas en sangre; su capucha se tornó más roja de lo habitual.
Guiado por una extraña intuición, Aigner alzó la vara. Y al instante, una nube en el cielo se tornó oscura y no tardó en descargar un rayo que cayó en el arma y que redirigió al mercenario bocazas, quien sintió la brutal descarga achicharrándolo por dentro y por fuera; su factor regenerativo tenía mucho trabajo por delante.
—Esto sería genial si no estuviese recibiendo también —se quejó Lobezno. Logró ponerse en pie, pero sus heridas aún no estaban curadas del todo. Y Aigner le miraba  y sonreía con inusitada malicia.
—Ahora te toca a ti, Lobezno. Tranquilo, sé lo de tu esqueleto de adamantium, pero puedo pasarme todo el tiempo que necesite aplastándote para lograr quebrarlo.
Volvió a sacar las garras y mostró su expresión más feroz; si creía que le iba a dejar intentarlo tan fácilmente, es que no lo conocía tan bien.
El neo berserker no pudo dar más de dos pasos. Algo llegó volando a gran velocidad y se estampó contra su pecho llevándoselo consigo y haciéndole sobrevolar varios metros hasta perderse entre los escombros que hasta hace unos minutos eran la cabaña del mutante.
Lobezno contempló como descendía del cielo aquella majestuosa figura embutida en aquella característica armadura. Los largos mechones dorados de aquella tupida cabellera  descendían con gracia desde el yelmo alado. En cuanto pisó tierra, alzó el brazo derecho y aquel martillo volvió a manos de su dueño.
Thor, el dios del trueno.
—Vaya, esto era lo que me faltaba por ver hoy —murmuró Logan.
La divinidad nórdica fijó su vista en las garras de adamantium y reconoció al miembro de la Patrulla-X.
—Saludos, compañero. Aunque me temo que no es la mejor ocasión para reencuentros.
—Y no te equivocas, rubito. Ese tío nos ha dado una buena paliza gracias a ese arma asgardiana. —Thor pisó algo blando que se quejó entre palabrotas. Bajó la vista y se encontró con el cuerpo chamuscado de Masacre, pero se alegró de comprobar que se ponía en pie (y de que no se trataba de un muerto en vida del reino de Hela).
Nada más regenerarse sus ojos y asegurarse de que realmente Thor había hecho acto de presencia, Masacre maldijo toda la descendencia que aquel melenudo pudiese llegar a tener.
—Ya no tenéis de que preocuparos, yo me encargo de esto —afirmó el vengador justo cuando Aigner se incorporaba con la frente marcada por las furiosas venas y los ojos inyectados en sangre.
—¿¡Cómo te atreves, maldito!? ¡Acabaré contigo! —amenazó volviendo a alzar la vara para repetir el electrizante ataque que puso en guardia a Masacre.
El nubarrón volvió a escupir un rayo que el berserker redirigió hacía el inmóvil cuerpo del vengador, que recibió de lleno el envite. Pero para sorpresa de Aigner, el rayo no pareció surtir ningún efecto. Lo único que consiguió, fue que su enemigo sufriese un ataque de risa.
—Estúpido mortal. ¿Sabes acaso quién soy? ¡Yo soy Thor, hijo de Odín, heredero al trono de Asgard y Dios del trueno! ¿Y pretendías dañarme con mi elemento? —Su semblante se tornó serio—. Yo te mostraré lo que es un rayo de verdad...
Se hizo la oscuridad gracias a los nubarrones que poblaban el cielo. Un furioso vendaval se apoderó del lugar y todos alzaron la vista... sobre todo Aigner, quien a pesar de seguir influenciado por la bravuconería que le influía la vara, sabía que aquello sobrepasaba todos sus límites.
Trató de disculparse, pero fue en vano. Thor iba a demostrarle su verdadero poder. Con un poderoso grito, el dios alzó el martillo y lo dejó caer con fuerza, lo que arrancó del mar de nubarrones un gigantesco rayo que cegó a los dos mutantes canadienses. Y al que acompañó un trueno que les reventó los tímpanos.
Cuando pudieron volver a abrir los ojos, los mutantes descubrieron un gigantesco y humeante cráter. Al acercarse junto al vengador, encontraron la dichosa vara... junto a una pila de chamuscados huesos.
—Lo preferiría poco hecho, ¿sabes? —comentó Masacre a Thor, pero este parecía no haberlo escuchado y bajó al hoyo. Se quitó la capa y enrolló el artefacto—. Espera... ¿a dónde te llevas eso?
—Me lo llevo de vuelta a Asgard. Lo pondré a buen recaudo junto a las otras varas en un lugar donde nadie podrá volver a hacer mal uso de ellas.
—Pero...
—Masacre, ¿estás seguro de que quieres replicarle al rubiales? —susurró Lobezno a los oídos del mercenario a la vez que señalaba los ennegrecidos y aún humeantes, restos de Aigner.
—Siento dejaros tan pronto, camaradas. Pero tengo otros asuntos que requieren mi atención. —Thor indicó a los mutantes que le dejasen espacio y hizo girar su martillo. Pero antes de salir volando, se despidió—. ¡Hasta pronto, amigos!
Cuando el dios nórdico se perdió en el firmamento, Masacre dejó de morderse la lengua y habló sin tapujos.
—¡Perfecto! Tras días de búsqueda, logro hacerme con la dichosa vara, tropiezo con un pelotón de HYDRA. El primo alemán de Hulk me da una paliza de triple muerte y para rematar, el mismísimo Thor me quita el pan de la boca... ¡Juro que es la última vez que acepto un encargo del Doctor Extraño! —Cuando creyó estar más calmado, se giró para hablar con Lobezno, pero ya no estaba allí. No tardó en descubrir que acababa de montar en su camioneta. Se acercó y se situó rápidamente junto a la puerta del conductor—. Lobi, ¿a dónde vas?
—¿Tú a dónde crees? Has destrozado mi refugio, así que me vuelvo a la mansión. Prefiero lamerle el culo a Slim durante una semana entera antes de permanecer un segundo más a tu lado.
—Entiendo... pero, verás. Tengo un problemilla. Tengo averiado mi teleportador, y el pueblo más cercano está a tomar por @#% $. ¿No podrías acercarme?
Como respuesta, Lobezno arrancó y pisó el acelerador a fondo, llenando de tierra y polvo el destrozado traje del mercenario, quien se quedó con la palabra en la boca.


Escrito por Rubén Giráldez


martes, 16 de septiembre de 2014

La Mazmorra del Androide: Recuerdos de guerra


Recuerdos de guerra

El pequeño Timmy abrió con gran reparo la puerta, a pesar de que sabía con suma certeza que la habitación estaba completamente desalojada en aquellos precisos instantes. 

Se adentró en el dormitorio de sus abuelos con cautos pasitos, como se imaginaba que hacían los valientes exploradores cuando se aventuran en el interior de algún templo o pirámide milenaria, tratando de evitar accionar alguna trampa mortal. En su caso, esperaba que nadie lo descubriese fisgoneando y le cayese una reprimenda. En lo que al resto de moradores de la casa respectaba, Timmy se encontraba en la sala de estar viendo la televisión. Desde el piso de abajo le llegaba el sonido que producían los Looney Tunes en alguna de sus alocadas historias. 

Su madre estaba enfrascada charlando con su abuela en la cocina. Y su abuelo se encontraba en el garaje, ocupado en alguna de sus chapucillas. Estaría ensimismado haciendo una nueva pajarera, otra mecedora o un estante para las especias. Aquel era el momento ideal para descubrir si lo que decía su hermano era cierto.

—Te lo juro. Dentro de su armario hay un verdadero tesoro. El abuelo se lo trajo de la guerra.

Aunque no quería volver a dejarse embaucar por su hermano mayor, no pudo evitar esbozar un gesto de asombro al escuchar aquello. Esto no era como cuando le aseguró que dentro del roble que se encontraba en el jardín trasero de su casa vivía una familia de duendes, para divertirse viendo como su hermanito se quedaba atascado en el hueco del árbol, tratando de saludar a sus mágicos e inexistentes vecinos. Timmy sabía de buena tinta que su abuelo había participado en la Segunda Guerra Mundial. Y había leído unos cuantos libros en los que sus protagonistas (combatientes en dicha guerra), se llevaban oro nazi u obras de arte alemanas. 

¿Se trataría de eso?

Cuando abrió el armario, el olor de los antipolillas le dio una impactante bienvenida. Cuando se recuperó, no perdió más tiempo y se sumergió en aquel mar de trajes, camisas y vestidos propios de los afectados por la senectud. Trató de no revolver demasiado y de dejar todo como estaba. Debía actuar como un verdadero espía. No debía dejar pruebas de que había estado ahí.

Iba a darse por vencido y maldecir la estampa de su hermano, cuando su mano se encontró con un asa en el fondo del armario. Se hizo con un gran maletín que colocó en el suelo con todo el cuidado que pudo. 

Sin duda era del ejército. No era para nada una maleta de viaje. Era verde y de metal, con números y palabras serigrafiados que no tenían mucho sentido para el chico. 

Estuvo dudando un buen rato sobre si debía abrir la maleta o no. Dentro podía haber cualquier cosa. Pero sabía que, en alguna parte de la ciudad, su hermano le estaba llamando “nenaza” mientras estaba con su grupo de amigos haciendo lo que diablos hicieran los adolescentes de dieciocho años los sábados por la tarde. Así que aspiró e inspiró un par de veces antes de abrir los cierres y descubrir el tesoro de su abuelo.

El uniforme de combate estaba perfectamente doblado. Tenía algún que otro descosido y aún conservaba alguna que otra mancha de barro. A su lado había una pistolera. Timmy no se atrevió a hacerse con el arma. Siguió fisgoneando y se topó con un paquete de cigarrillos que aún contenía un par de “palitos de muerte”, como los llamaba su madre. Varias latas con nombres de varios países escritos en sus tapas que contenían arena y tierra. Una fotografía en la que posaba un grupo de soldados; algunos sonreían, pero la mayoría tenían un gesto serio. Uno de ellos, tenía la cara tachada con rotulador. No se preguntó la razón y trató de identificar a su abuelo, pero pronto desistió y continuó buscando. Halló más enseres del ejército hasta encontrar, esta vez sí, un verdadero tesoro.

Se atrevió a cogerlo con sus temblorosos dedos. No podía creerlo. Era una primera edición. ¡Un cromo clásico del Capitán América en perfecto estado!

Abrió el sobrecito de plástico protector y observó detenidamente al primer vengador. Siempre había querido tener entre sus manos uno de aquellos cromos que ahora se habían convertido en joyas de coleccionista.

—¡Atención, tenemos a un intruso en la base! 

Timmy reconoció la voz de su abuelo al instante, pero aún así no pudo evitar asustarse y soltar un repentino grito. Empezó a disculparse por cotillear su armario y abrir su maletín, pero su abuelo pronto le detuvo.

—Tranquilo, chico. No pasa nada, lo más peligroso que hay ahí es la pistola, y está descargada. Tu hermano ya hace unos cuantos años que descubrió mi vieja maleta del ejército. Estaba temiendo que tú no fueses tan curioso como él. Veo que te has encariñado de mi tesoro —dijo señalado la mano derecha de Timmy, que aún sujetaba el cromo—, y parece que también eres fan del Capi.

Esta vez, señaló a la camiseta de su nieto, que lucía el inconfundible escudo del primer vengador. 

—Este cromo tiene bastante historia. Y creo que ya eres bastante mayor para escucharla. ¿Quieres que te la cuente? —el viejo sonrió al ver como el chaval asentía eufórico. Se sentó en la cama e instó a Timmy para que le acompañase—. ¿Sabes qué fue la Segunda Guerra Mundial, no?

—Sí, abuelo —respondió con total seguridad.

—Créeme, chico. No lo sabes. Ningún libro, película o documental pueden plasmar con exactitud aquella locura. Trata de imaginar toda la destrucción, muerte y penurias que puedas, y ahora multiplícalo por un millón, y aún te quedarías demasiado corto.

Timmy no pudo reprimir un escalofrío al escuchar aquellas duras palabras de su abuelo, para nada habituales en él. 

—Por aquel entonces, yo no tenía más de veinticuatro años. Era un joven que quería salir a conocer mundo. Pero nunca podría haberme imaginado que lo tendría que hacer de aquella manera: poniendo mi vida en peligro en el campo de batalla. Los pueblos y ciudades que visitaba no eran más que los restos semiderruidos y humeantes de lo que un día fueron. Las gentes que los poblaban, eran inocentes y asustadas víctimas de un horror iniciado por el deseo de un simple loco. Teníamos que luchar por esas personas. Por los seres queridos que aguardaban nuestro regreso, en la seguridad de nuestros hogares. Teníamos que luchar por nuestro país y por nuestra libertad.

»Recuerdo lo terrible que era el día a día en primera línea. Recuerdo ese temor que te atenaza por dentro. Aquella incertidumbre de si aquel sería el día en el que, finalmente, el enemigo te batiría. No quería pensar en la terrible posibilidad de estar agonizando en medio del campo de batalla. De no volver a ver a mis padres, ni de tener entre mis brazos a tu abuela, una vez más.

En una de mis últimas misiones, nuestra unidad dio con sus huesos en pleno territorio enemigo. Nuestro objetivo era infiltrarse en una vieja fortaleza en la que los chicos de HYDRA estaban utilizando a unos cuantos científicos americanos que habían secuestrado, expertos en biogenética, y rescatarlos. Íbamos a meternos en la boca del lobo. Y, aunque contamos con la ayuda de algunos aliados del pueblo cercano a la fortaleza, las historias que nos contaron de los experimentos que allí se realizaban no ayudaron a tranquilizarnos. 

Los chicos de HYDRA, estaban tratando de crear un ejército de sanguinarios monstruos, utilizando a la gente del pueblo para convertirlas en aquellas mortales armas. 

Muchos rieron al principio, pero todos sabíamos que aquella gente no tenía ninguna clase de escrúpulo ni moral. 

Nos colamos por un pasadizo secreto que nos llevaría directos a las dependencias donde tenían montado los laboratorios. Todo iba bien, parecía que no íbamos a tardar ni diez minutos en realizar con éxito aquella misión. Pero entonces, antes de llegar a la escalerilla que nos conduciría a nuestro destino, nuestro capitán se detuvo diciéndonos que era el fin del trayecto para nosotros. Nos apuntó con su fusil y nos ordenó tirar las armas. Antes de que pudiésemos preguntarle qué clase de broma de mal gusto nos estaba gastando, de las sombras, emergió una tropa de soldados de HYDRA que nos puso en el punto de mira.

—Hail, HYDRA —anunció el traidor; los demás no tardaron en corearle.

Nos hicieron prisioneros y nos arrojaron a unas frías celdas en las que no dejábamos de escuchar aquellos insoportables y terroríficos aullidos que nos helaban la sangre de las venas y no nos permitían pegar ojo; temíamos ser los siguientes sujetos de aquellos monstruosos experimentos.

Fue a la semana siguiente de la traición que nos sacaron de nuestra prisión… sólo para ponernos grilletes anclados en la pared de la sala de mandos de la base.

—Poneos cómodos, muchachos —nos dijo la sabandija a la que antes llamábamos “capitán” que en ese momento vestía como el enemigo—. Y alegraos, tenéis una visita muy especial.

Fue en ese instante cuando las puertas de la sala se abrieron y entró, escoltado por un par de fornidos guardaespaldas y charlando con un enano con aspecto de científico, aquel cuyo nombre solo se atrevía a pronunciarse entre tímidos susurros. La verdadera mano derecha de Hitler y sobre el que recaía todo el poder de HYDRA. Todos los presentes, dejaron sus quehaceres y se dispusieron a saludar al recién llegado.

—¡Bienvenido, Herr Cráneo!

Era él. El terrible Cráneo Rojo. El monstruo que se ocultaba tras aquella siniestra máscara y del que no se contaba nada que no fuesen las atrocidades que había cometido. Que no eran pocas…

—… tienen un aspecto verdaderamente terrorífico. Espero que encontréis la manera de domarlos. Su ayuda será muy beneficiosa en la guerra —dejó de hablar con el enano al reparar en nuestra presencia—. ¿Quiénes son estos patéticos hombrecillos?

—Herr Cráneo. Son los soldados de mi unidad que trataban de llevarse a los científicos. Estoy seguro de que le encantará divertirse con ellos.

—Oh, con que tú eres el traidorzuelo americano —con la seguridad de quien parece que lo hace a diario. El nazi, desenfundó su Luger y descargó el contenido de su cargador en el cuerpo de nuestro capitán que cayó ante nuestros incrédulos ojos—. No necesito gente como tú entre mis filas.

A su señal, un par de soldados se llevó a rastras el cadáver, mientras nosotros temblábamos como un flan, haciendo resonar los eslabones de nuestras ataduras.

—¿Tenéis miedo? —nos preguntó el sádico criminal—. Pues deberíais, porque vosotros sois los siguientes.

Con cada paso que daba, el terror iba aumentando más y más en nuestro interior. No me avergüenza confesar que en aquel momento me oriné encima, como también sé que hicieron unos cuantos compañeros más.

Se situó frente al primero de la fila, colocando su grimosa cara a escasos centímetros de nuestro mejor tirador.

—¿Nombre, soldado? —a toda respuesta, Cráneo recibió un escupitajo de nuestro incorregible aliado irlandés, acompañado por un insulto bastante hiriente.

Todos tragamos saliva al presenciar aquello. Pocos se atreverían a hacer lo que O´ Donnell hizo ese día.

Cráneo se limpió la “cara” con un pañuelo de seda, y con total parsimonia sacó de uno de sus bolsillos un dispositivo que. al apretarlo, lanzó una pequeña nube de gas a nuestro amigo, quien comenzó a proferir una serie de terribles aullidos de dolor cuando su piel comenzó a disolverse y a enrojecerse, hasta quedar reducida a un humeante cráneo que se asemejaba al del macabro nazi.

—Es maravilloso ver tu rostro reflejado en el de tus enemigos —comentó jovialmente, mientras el aire se enrarecía con el olor a piel quemada—. ¿Quién es el siguiente?

Comenzamos a rezar, algunos imploraron clemencia. Yo no pude evitar llamar entre sollozos a mi madre cuando la el rostro de Finnick comenzó a transformarse; yo era el siguiente.

Pero cuando tenía a aquel maníaco delante, y estaba despidiéndome de este mundo, ocurrió algo que detuvo la mano asesina de Cráneo: las luces de la sala se apagaron súbitamente, sumiendo a todo y a todos en la más completa oscuridad.

Se comenzó a escuchar el inconfundible sonido que producen los certeros puñetazos, acompañados de lastimeros gemidos de dolor y gritos de sorpresa alemanes. 

—¡ENCENDED LAS LUCES! ¡RÁPIDO!

Pero cuando la orden de Cráneo fue atendida y se hizo la luz. Sus guardaespaldas, el enano y él eran los únicos nazis en pie. Todos los demás operarios y soldados, descansaban fuera de juego, noqueados por nuestro robusto salvador.

—No. Tú otra vez. ¡Disparad a ese condenado estorbo americano!

Los fusiles de los guardaespaldas escupieron multitud de proyectiles que rebotaron en aquel inamovible escudo, y cuando las armas se descargaron, fue su turno para atacar. Lanzó con maestría el escudo, que rebotó en el cuerpo de uno de los nazis dejándolo fuera de combate. El otro no pudo hacer nada más que quedarse a observar como aquel tranvía americano recuperaba su arma y le arreaba un buen derechazo. 

—Maldito seas, Capitán América. Ya ajustaremos cuentas. —Cráneo y el enano había aprovechado aquel pequeño enfrentamiento para abrir una puerta secreta oculta en la pared de piedra, que estaba a punto de cerrarse.

El justiciero apretó los puños y maldijo la estampa de su acérrimo archienemigo.

Nosotros no podíamos creer lo que veían nuestros cansados ojos. Ante nosotros se encontraba el mismísimo Capitán América. El gran superhéroe americano. 

Al principio fueron unos cuantos rumores a los que unos pocos le daban credibilidad (¿Un enclenque joven al que se le inoculó un suero que lo convirtió en un supersoldado? ¡Venga ya!). Luego fue cuando comenzaron a utilizar al “Hombre Estrellado” para publicitar la causa y conseguir fondos para la guerra. Y poco después nos llegaron las primeras noticias que nos informaban de que ese superhombre se había unido a la causa y que luchaba en primera línea, ganando innumerables batallas.

Pero nunca pensé que podría ver alguna vez al Capitán América en persona. Y, menos, que nos salvaría el pellejo.

Con el canto de su escudo, destrozó nuestras ataduras. Comenzamos a agradecerle el habernos salvado, pero nos detuvo levantando una de sus enguantadas manos.

—No debéis darme las gracias. Al contrario, he de hacerlo yo. Os agradezco el haber aguantado. Y lamento no haber llegado a tiempo de salvaros la vida a todos —miró compungido a nuestros dos camaradas asesinados por aquel enfermizo nazi.

—Capi, Capi. ¿Estás ahí? ¿Me recibes?... —una joven voz crepitó desde un trasmisor portátil que llevaba el héroe colgado del cinturón. Se hizo rápidamente con él.

—Te recibo, Bucky. ¿Cómo os ha ido a ti y a los chicos?

—Los Comandos Aulladores y un servidor hemos cumplido con nuestra parte de la misión: los científicos ya están a salvo. Aunque, Capi, deberías bajar aquí. Podemos montar un tren del terror cuando queramos y hacernos ricos.

—Esperemos que los “cabezas pensantes” puedan hacer algo por esas pobres personas utilizadas por Zola. 

—¿Y cómo te fue a ti. Capi?

—Por desgracia, no llegué a tiempo para evitar dos bajas. Y Cráneo se ha vuelto a escapar junto con Zola.

—Esa sabandija… La próxima vez lo atraparemos, Capi. Corto y cierro —la jovial voz se acalló al momento.

Yo seguía embobado contemplando el imponente porte del héroe. Y antes de abandonar la fortaleza de camino al pueblo, donde podríamos descansar a gusto, me armé de valor, y le pedí un pequeño favor.

Poco después, nos llegó la devastadora noticia de que el Capitán América y su fiel compañero, Bucky, habían caído en combate tratando de detener, una vez más, a Cráneo Rojo. 

Aquello nos sentó como un guantazo. Aquel superhombre que nos había salvado la vida, no hacía ni un mes, había desaparecido de la faz de la tierra. Pero no dejamos llevarnos por el desanimo. Nos limpiamos las lágrimas, nos levantamos y volvimos a luchar, infundados por el coraje que nos había contagiado aquel soldado y su fiel y astuto compañero. Y, bueno, ya sabes el resto de la historia. Ganamos la guerra. Y unos cuantos años después, descubrimos que el Capitán no había muerto, sino que lo habían rescatado de su gélido descanso, y que ahora ha vuelto a encontrar su lugar en el mundo, defendiéndolo de nuevo, junto a los Vengadores. 

Timmy se quedó con la boca abierta. ¡Aquella historia era verdaderamente alucinante! Pero había algo que seguía sin tener explicación…

—Abuelo, ¿qué favor le pediste al Capitán? —se atrevió a preguntar el joven.

El veterano recuperó su cromo de las manos de su nieto y le dio la vuelta. Después se lo volvió a entregar y le respondió con una amplia sonrisa.

—Que me firmase el cromo.

Timmy leyó el contenido del reverso del preciado tesoro de su abuelo. Con el conocimiento de que aquella letra era la del mismísimo primer vengador:

“Para Benedict Nolan. Sigue adelante. Todos tenemos el poder de hacer que la justicia prevalezca. 

Tu amigo y aliado, Steve Rogers.”




Escrito por Rubén Giráldez


viernes, 15 de agosto de 2014

La Mazmorra del Androide: Superconversaciones


Superconversaciones

No es más que un pequeño y cutre bar más de la Gran Manzana, pero aún así, está a rebosar. Las mesas y la barra están atestadas de toda clase de gente que conversa entre trago y trago. Aunque todas tratan de un mismo tema:

—¿Vas a venir a la manifestación en contra de los mutantes a las puertas del congreso de la semana que viene? 

—Sean, ya sabes que mi prima es mutante y que estoy en contra de esos retorcidos grupos que parece que sacan sus ideas de la ideología nazi de Hitler.

—¡Venga, hombre! Ella solo convierte su piel en escamas de pez cuando entra en contacto con el agua y se le desarrollan branquias para poder respirar bajo ella. Pero piensa en los que tienen poderes destructivos y en el uso que hacen de ellos, como ese demente que manipula el metal y su grupo de supermaníacos. ¡Hay que pararles los pies a esos jodidos monstruos!

—A veces no sé quienes son los verdaderos monstruos, si ellos, o nosotros…

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En otra mesa, un grupo de animados hombres hacen entrechocar sus burbujeantes jarras con estrépito mientras no paran de reír.

—¡Por Tom, quien, en un par de días, entrará nada menos que en S.H.I.E.L.D para poner un poco de orden en el mundo!

Todos aplauden y sonríen al futuro agente.

—Recuerda pedirle un autógrafo al Capitán América en cuanto lo veas, Tommy. Sería el regalo perfecto para mi sobrinito.

—Lo haré, siempre y cuando HYDRA me de un respiro.

—¡Pero si vas a entrar en el equipo de mantenimiento del helitransporte!

—Bueno, por algo hay que empezar, ¿no? —la ocurrencia fue recibida por un buen número de risas y amistosas palmadas en la espalda de Tom.

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Un reportero que comprueba el objetivo de su cámara fotográfica habla con otro que está ocupado leyendo un periódico con el titular: Mr. Fantástico y Mrs. Fantástica se casan.

—¡Necesito colarme ahí! Va a ser la boda del siglo, y las fotos van a valer su peso en oro.

—Lo que daría yo por ver a la Cosa vestido con traje y corbata —bromea el otro pasando la página para centrarse en la sección de deportes.

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—¿Te has enterado del intento de asesinato de ese embajador ruso?

—Sí, chica. Suerte que Daredevil y el Caballero Luna le pararon los pies a ese Bullseye, ¿quién sabe de lo que nos han librado esos dos héroes?

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En la pequeña televisión encajada en una esquina del bar, se suceden las imágenes de un sucio edificio acordonado y custodiado por una legión de policías y camilleros que no dejan de transportar sanguinolentas bolsas de cadáveres.

—El recuento final confirma que son doce las víctimas mortales que conformaban una red de prostitución infantil en el que es el último trabajo del violento justiciero conocido como el Castigador hasta la fecha. Las chicas ya están a salvo…

—¡Qué horror! Es increíble que ese hombre continúe en libertad.

—Es cierto que sus métodos son poco ortodoxos, Juliet. Pero no hay que olvidar que trata con criminales de la peor calaña, con esa gente no vale el simple escarmiento.

—Yo creo que no es más que otro indeseable que sólo busca una excusa para matar…

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—¿Has leído esto? Dice que Spiderman estaba trabajando junto a Los 6 Siniestros en el atraco del Goliath National Bank de ayer.

—¡Eso es mentira! Mi hermana gemela estuvo ahí y fue testigo de cómo Spiderman luchaba contra ellos, además de ser salvada cuando el Doctor Octopus intentó estrangularla con uno de sus tentáculos.

—Ya, si tengo muy claro que el Daily Bugle miente cuando trata de culpar a Spidey. Solo lo compro por las fotos del tal Peter Parker, es increíble como el tío consigue estar siempre donde está la acción. Que don de la oportunidad tiene, ¿no?...

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—¡Te juro que lo he visto, tío! Fue en mi último viaje, mientras cruzaba la ruta 66. Pasó a toda velocidad. Duró solo un instante, pero pude ver su endemoniada moto y su cráneo envuelto en llamas. Cruzó la carretera a la velocidad del rayo y dejó tras de sí un olor a azufre y llanta requemada en el ambiente que permaneció durante un buen rato. ¡Te juro que nunca voy a olvidar esa noche ni ese olor! Seguro que el Infierno debe oler así… 

—¡Venga ya! El Motorista Fantasma no es más que una leyenda urbana… 

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Alejados en la esquina más oscura y lúgubre del local, tres hombres de toscas miradas y aspecto marginal cuchichean, tratando de que nadie escuche sus palabras.

—¿Vais a participar en el próximo golpe que tiene preparado Cabeza de Martillo? —pregunta el más viejo de los tres.

—No lo sé, últimamente me estoy replanteando seriamente el dejar este trabajo. Cada vez hay más fantoches enmascarados patrullando las calles. Y estoy harto de pasar por las habitaciones de hospital y las celdas de los calabozos de la policía. ¿No recuerdas el último “regalito” que me hizo el capullo de Puño de Hierro? ¡Casi me rompe el jodido brazo! —El delincuente juvenil se percata de que ha llamado la atención de varios parroquianos del lugar, y espera a que vuelvan a sus asuntos antes de seguir hablando. Esta vez, en el tono más bajo que le permitieron sus crispados nervios—.Y eso que es uno de los “amistosos”, imaginaos que nos encontramos con ese tal Frank Castle del que tanto hablan. Ese no es del que hace “prisioneros”… 

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—Yo sólo digo que esos supuestos “héroes” son tan amenaza como las que tratan de detener. ¿Tienes idea de cuantos destrozos causan en sus “heroicas” batallas? Para algo está la policía y el ejército.

—Claro, ¿y crees que la policía y el ejército tienen algo que hacer con invasiones alienígenas o psicópatas o ladrones con poderes?...

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—¿Y por qué crees que ocultarán su rostro con máscaras y antifaces?

—Tío, piensa en la cantidad de enemigos que se ganan esos tipos. Nunca olvides que tras la máscara hay alguien, y que ese alguien tiene familia, amigos y conocidos a los que no quiere poner en peligro.

—Mmmm, tienes razón, Hobie. La verdad es que nunca me he parado a pensarlo…

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—¿Con quién te quedarías, con Pícara o Miss Marvel? —el alcohol ya está influenciando en la conversación.

—Sabes muy bien que a mí me pierden las rubias voladoras —el comentario hizo que las sonoras carcajadas inducidas por el whisky se hiciesen oír por encima de toda aquella amalgama de superconversaciónes. 

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—¿Y qué tal tu primer día en la gran ciudad?

Tarda un buen momento en darse cuenta de que su amigo le está hablando.

—Oh, perdona, es que no podía evitar escuchar…

—Tranquilo, me imagino que debe de ser increíble el oír hablar tanto de superhéroes.

—Pues sí, en el pueblo apenas nos enteramos de nada… —se calla al percatarse del revuelo que se está formando en el interior del bar. Casi todos los parroquianos se levantan y salen al exterior. Los dos amigos hacen lo mismo y se unen a la multitud que clava su vista en el cielo. Es entonces cuando se dejan ver: una flamante figura robótica acompañada de una especie de melenudo guerrero arrancado de los albores del tiempo y armado con un martillo de aspecto poderoso, sobrevuelan los cielos, majestuosos. Todos aplauden y corean sus nombres a viva voz.

—Vaya, que suerte tienes amigo. Tú primer día en la ciudad y has podido ver a Iron Man y Thor.

Pero su amigo no habla a pesar de tener la boca abierta. No puede evitar que sus retinas graben a fuego aquella impactante escena.

—¿A dónde se dirigen? —se atreve a preguntar el recién llegado.

—A salvar el mundo, amigo. A salvar el mundo.




Escrito por Rubén Giráldez